
Compartía un chifa de madrugada con 3 amigos, haciendo lo posible por hablar de todo y a la vez de nada. Es la mejor forma de llevar una conversación cuando te empujas un chifa a la 1 am. Pero sin saber muy bien cómo, la cosa se fue poniendo esóterica. En realidad era más o menos predecible. Uno de ellos, el chino, estudiaba el calendario maya. Y Francella llevaba clases de metafísica. Además de aquellos dos, también estaba la chata que no estudiaba nada, pero con dos cigarritos jajá era capaz de levitar poniendo los ojos en blanco.
El chino me preguntó la fecha de nacimiento, la hora exacta y si al nacer miraba hacia el norte o hacia el sur. Luego trazó en un papel un complicado esquema regido por los ciclos lunares, las mareas, las puestas de sol, los eclipses y la alineación de los planetas del sistema solar más cercano. Se dio el trabajo de explicármelo detalladamente por alrededor de media hora.
Mientras tanto yo me acababa un arroz chaufa y aprovechaba para comerme el chancho que descuidaba el chino por estar hablando.
Cuando terminó me preguntó si había entendido. No iba a ser tan maleducado como para decirle la verdad, así que asentí mientras masticaba mis tallarines y le pedía que me aclarara un par de detalles. El chino aceptó gustoso. Y yo me acabé lo que quedaba de chancho.
Al final lo único que llegué a asimilar es que soy "la semilla". Es decir, de los que crecen. Cosa que veo bien yuca con este metro setenta venido a menos.
El chino nos dijo a cada uno el lugar que teníamos dentro del calendario maya. Y después de hacer una serie de ecuaciones sentenció "en esta mesa, al juntar todos nuestros símbolos y según mis cálculos, se puede decir que estamos en armonía... en un equilibrio perfecto".
En ese momento llegó el mozo con la cuenta y la cagó toda.